tinta negra
Sentado debajo de una lápida, a la sombra de un árbol estaba Gedmond , no era novedad decir que se encontraba deprimido y con una daga de plata en la mano. Realmente no era noticia.
La razón: él era diferente a otros chicos, desde su infancia.
Creció sin amigos, creció solo. Su verdadera y constante amiga siempre fue la soledad.
Gedmond aprendió a encontrar belleza en estar sin nadie, por más doloroso que fuera el costo…
Nunca fue bueno manejando las palabras al hablar, nunca supo cómo expresar sus sentimientos.
Pero este chico tenía una extraña cualidad: sabía plasmar con maestría impactante toda una vida de oscuridad en un papel, siendo sus únicas armas una pluma y tinta.
Ged tenía 13 años, y era muy independiente, y a pesar de los agónicos días que el siglo XIV le ofrecía, algo podía asegurar: su segunda casa eran los mausoleos, destruidos o abandonados, edificados a quien fuera, no le importaba.
Su inmaculado pergamino podía reposar días en la hierba seca, mientras él trazaba con su diestra mano, cada línea que contaba una historia.
Sucede que Ged era ateo, y estando en su era, la Inquisición se encontraba en su pleno apogeo, para él eso no representaba un gran problema. La religión que su familia profesaba desde muchas generaciones atrás, no le agradaba.
-¿Será cierto el nombre del Dios del que todos hablan, aquel en el que todos creen, pero el que, curiosamente nadie ve?
Esta sencilla frase, que en manos de la Santa Inquisición le pudo haber costado la vida, descansaba al pie de la imagen que se podía apreciar en el antes vacío pergamino.
Si una característica de Ged debería ser mencionada, esa sería su mente tan abierta, ese tipo de mente que va más allá de la supuesta perfección de una religión conformista y mediocre.



